Maspalomas: reflexiones sobre la vejez, la diversidad y los armarios que aún persisten

El finde fui a ver Maspalomas, la película que se presentó este año en el Festival de Cine de San Sebastián – Donosti. La obra, más allá de su valor cinematográfico, me ha gustado porque aborda un tema de enorme actualidad en nuestra sociedad: ser mayor y pertenecer al colectivo LGTBI+.

No voy a entrar en los detalles de la trama para no condicionar la experiencia de quienes quieran verla, pero sí me interesa compartir algunas reflexiones que me despertó la historia, en especial sobre las realidades a las que se enfrentan muchas personas mayores homosexuales.

El regreso al armario

La película plantea, de manera muy sutil, algo que no es ficción: después de un gran esfuerzo de vida, de haber salido del armario y vivido con autenticidad, algunas personas mayores se ven obligadas a volver a ocultar su orientación sexual. Esto ocurre en espacios donde predomina la norma heteropatriarcal y donde no siempre se sienten seguros o aceptados.

La pregunta es inevitable:
¿Realmente deciden volver al armario, o más bien las circunstancias los empujan a hacerlo?
No se trata de una cuestión de libertad personal únicamente, sino también de la cultura, los entornos y las actitudes que siguen marcando los límites de lo que se considera aceptable.

Espacios seguros: ¿necesidad o lujo?

Hace ya una década, en mis primeras ponencias sobre este tema (allá por 2014), solía plantear la cuestión: ¿es necesario crear espacios propios y seguros para mayores LGTBI+?

Mi conclusión entonces y ahora sigue siendo la misma:

  • Si alguien lo desea y es sostenible, ¿por qué no?
  • Porque mientras las normas heteropatriarcales sigan dominando, la inclusión será más discurso que realidad.

De hecho, hace tres años publiqué un artículo invitado de Javier Cámara que abordaba esta cuestión: «¿Hacen falta residencias LGTBI o simplemente formación y sensibilización?»
Y dos años antes ya había reflexionado en mi blog sobre otra mirada necesaria: «LGTBI mayor: una oportunidad de convivir y envejecer entre ellos, sin perjuicio».

Ambos textos siguen plenamente vigentes hoy.

En la película también se observa esta tensión. Se habla de “proyecto de vida” o de “atención individualizada”, pero, sin un cambio de cultura real, estos conceptos pierden fuerza.

Un final feliz… ¿o la salida fácil?

Maspalomas concluye con un final feliz, quizá porque era la opción más adecuada para el director o la más esperada por el público. Sin embargo, después de la proyección, conversando con amigos, nos quedó la sensación de que también podía haber sido la opción más delicada desde mi punto de vista:

¿Qué hubiera pasado si se hubiera quedado en una residencia en Donosti, sin recuperar la autonomía?
¿La relación con su compañero de habitación hubiera sido diferente si se hubiera enterado de que era gay?
¿La hija tenía que dejar a su padre en Maspalomas?

La película deja preguntas abiertas, que invitan a imaginar una segunda entrega aún más cruda.

ACP, diversidad y paternalismo

Un aspecto clave que la película señala es el paternalismo. La hija del protagonista toma decisiones importantes sin tener en cuenta la necesidad real de su padre. No se trata solo de cuidados, sino de respeto a su identidad, a su historia y a sus deseos.

En paralelo, vemos cómo incluso en un entorno de Atención Centrada en la Persona (ACP), todavía puede faltar diversidad real. Si la “inclusión” no se hace visible, si siguen circulando chistes homófobos o actitudes que hieren, ¿cómo puede sentirse seguro alguien dentro de un espacio predominantemente heteropatriarcal?

La psicóloga del film aconseja con sutileza al protagonista que piense bien si quiere “asumir el riesgo” de decir abiertamente que es gay. Este consejo, aunque quizá dado con buena intención, puede esconder edadismo y miedo al rechazo social. Y nos recuerda que aún no estamos preparados para una convivencia plena en diversidad.

Conclusión final

En Maspalomas se dicen muchas verdades. No solo a nivel del colectivo LGTBI+, sino también en relación con la necesidad —cada vez más frecuente— de recibir cuidados de larga duración en residencias, o el apoyo del SAD con la pérdida de autonomía e independencia y con la invisibilidad de las personas mayores LGTBI+ que, en un futuro cercano, quizá no tengan familia que se ocupe de ellas.

El cambio demográfico, con una población cada vez más heterogénea y cambiante, requiere pensar en soluciones para aquellas personas sin familiares ni hijos, donde la soledad no deseada puede convertirse en una de las problemáticas más importantes. En este sentido, me gustó especialmente cómo la película muestra la relación de amistad entre el protegonitsa y su amigo (esta por él) que se apoyan mutuamente. Una manera de dar valor a la amistad como red de cuidado, de envejecer juntos compartiendo intereses, acompañándose y estando allí cuando más se necesita.

Son planteamientos que abren debates necesarios y que la sociedad todavía no ha resuelto. Desde mi punto de vista, lo ideal sería poder elegir cómo y de qué manera quiero vivir y envejecer, sin prejuicios y sin tener que pensar en volver al armario. Porque esa posibilidad de retroceder, después de una vida de lucha y autenticidad, no solo es dura: es profundamente injusta. Y me temo que como sociedad aún no somos plenamente conscientes de ello.

Existen ejemplos positivos, tanto a nivel internacional —como Berlín, Estocolmo o Nueva York— como en España, que pueden servir de referencia y esperanza. Pero todavía queda mucho camino por recorrer.

Por eso quiero agradecer al director de la película haber tratado este tema con tanta cercanía y realismo. Personalmente, me he sentido identificado en varios aspectos. Y creo que Maspalomas logra algo fundamental: poner sobre la mesa una conversación que necesitamos tener.

🎬 Aquí os dejo el tráiler oficial de Maspalomas:

Tráiler oficial de Maspalomas