La formación experimental desde una perspectiva observacional

Una década aprendiendo, observando y transformando el cuidado

«La empatía como esencia de lo humano.»

La reciente publicación de un artículo científico de la Universidad Técnica de Chemnitz sobre el desarrollo y la evolución del TrajeMax me invitó a detenerme y mirar atrás. Diez años después de introducir esta herramienta en España, sentí que era un buen momento para reflexionar no solo sobre el recorrido del TrajeMax, sino, sobre todo, sobre lo que he aprendido acompañando a miles de profesionales mediante la formación experimental.

Puedes consultar el artículo científico original al inicio de esta reflexión y volver a él al finalizar su lectura. Ambos textos dialogan desde perspectivas diferentes: uno desde la investigación sobre el desarrollo de una herramienta y este desde la experiencia acumulada durante una década de práctica, observación y aprendizaje.

Hay preguntas que acompañan toda una vida profesional.

No porque no tengan respuesta, sino porque cada experiencia aporta una nueva forma de comprenderlas.

En mi caso, hay una que me ha acompañado durante más de tres décadas dedicadas a la docencia, la consultoría y la transformación del cuidado, y durante más de dos décadas especializado en gerontología social:

¿Qué hace que una formación produzca un cambio real en la manera de cuidar a las personas?

Con el paso de los años comprendí que la respuesta no se encontraba únicamente en los contenidos, en la calidad de una presentación o en el conocimiento del docente.

La verdadera transformación ocurre cuando una persona vive una experiencia que le invita a detenerse, observar desde otra perspectiva y cuestionar aquello que hasta entonces consideraba evidente.

Ese descubrimiento fue cambiando progresivamente mi manera de entender la formación.

Dejé de verla como un espacio donde transmitir conocimientos para empezar a comprenderla como un proceso donde la experiencia, la observación y la reflexión compartida ayudan a construir un aprendizaje con significado.

No fue un cambio inmediato.

Ha sido el resultado de muchos años acompañando a profesionales, equipos y organizaciones, observando cómo aprenden las personas y cómo pequeños cambios individuales pueden llegar a influir en la cultura de una organización.

Por eso, este artículo no pretende explicar una herramienta ni presentar una metodología cerrada.

Es una reflexión sobre un recorrido profesional que continúa evolucionando.

Un recorrido en el que cada formación, cada conversación y cada experiencia compartida han contribuido a seguir aprendiendo.

La experiencia como punto de partida

Mi manera de entender la enseñanza no nació con la formación experimental.

Mucho antes de conocer herramientas de simulación, ya me interesaban profundamente los modelos centrados en la persona y aquellos enfoques educativos que sitúan al participante como protagonista activo de su propio aprendizaje.

La influencia de Carl Rogers y Patricia Benner, junto con las teorías y modelos de cuidados holísticos, la ciencia del cuidado, el proceso de atención de enfermería, la Taxonomía de Bloom y el aprendizaje experiencial fueron configurando progresivamente mi manera de comprender cómo aprenden las personas y cómo se construye un cuidado verdaderamente centrado en la persona.

Con el paso del tiempo entendí que el conocimiento científico es imprescindible, pero que, por sí solo, no garantiza un cambio en la práctica profesional.

Las personas no cambian únicamente porque reciben información. Cambian cuando consiguen dar un nuevo significado a aquello que viven.

Por ese motivo, siempre he considerado que la teoría constituye una parte imprescindible de cualquier formación, pero rara vez suficiente por sí sola.

Comprender un concepto no garantiza incorporarlo a la práctica.

Entre el conocimiento y la acción existe un espacio donde intervienen la experiencia, las emociones, la reflexión, el contexto profesional y la capacidad de cada persona para observar su propia manera de cuidar.

Ese espacio comenzó a despertar cada vez más mi interés.

Una década observando el aprendizaje

En 2015 incorporé a mi práctica docente el TrajeMax, una herramienta de simulación del envejecimiento desarrollada en Alemania.

Aquella incorporación representó mucho más que la utilización de un nuevo recurso formativo.

Me permitió observar algo que hasta entonces solo intuía.

Dos personas podían vivir exactamente la misma experiencia y, sin embargo, construir aprendizajes completamente diferentes.

Mientras una descubría una nueva forma de comprender las dificultades asociadas al envejecimiento, otra reflexionaba sobre la comunicación, el trabajo en equipo, el entorno físico o la importancia de pequeños gestos cotidianos.

La herramienta era exactamente la misma.

La experiencia también.

Lo que cambiaba era la manera en que cada persona interpretaba aquello que acababa de vivir.

Fue entonces cuando comprendí que el verdadero valor de la formación experimental no residía únicamente en la experiencia, sino en todo lo que sucedía después de ella.

Las preguntas.

Las conversaciones.

Los silencios.

Las dudas.

Las decisiones que cada profesional tomaba al regresar a su realidad cotidiana.

Ahí comenzó, casi sin darme cuenta, una forma diferente de observar la formación.

No buscaba únicamente saber si una actividad había gustado o si los objetivos docentes se habían cumplido.

Quería comprender cómo una experiencia puede convertirse en un aprendizaje capaz de transformar la manera de cuidar.

Y esa pregunta continúa acompañándome hoy.

Stephan Biel
BIEL Consulting
«La empatía es la esencia de lo humano.»